EL ARTE DE DEJAR IR

Hay una paradoja en el centro de nuestra época.
Nunca habíamos tenido acceso a tantas cosas casi con tan solo pensarlo, nunca habíamos estado tan conectados y sin embargo nunca en nuestra historia nos habíamos sentido tan solos. Algo se ha perdido en nuestra incesante búsqueda por el avance tecnológico, el progreso, algo difícil de nombrar pero fácil de sentir.
Hemos confundido el acceso con la experiencia, la velocidad con valor y la cantidad con la riqueza.
Aunque parezca que este siempre ha sido el caso, esto no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en el que la espera por un objeto podía tardar semanas, incluso meses, donde el artesano ponía toda su energía en crear una alquimia que no se podía replicar. Ese tiempo era una inversión, no un obstáculo. Era parte de la experiencia misma. Era donde vivía el valor y es quizá allí donde podríamos iniciar.
La espera creaba deseo, el proceso creaba apreciación y la escasez creaba atención. Hoy cuando todo llega en horas y todo se consume en segundos, algo fundamental se ha evaporado, la posibilidad de crear una conexión real.
Y es allí donde la palabra intrascendente aparece por omisión. Quizá con ella llega a nuestra mente la idea de algo sin relevancia, que no merece atención. Esto tiene sentido porque nos han enseñado a medir el valor de las cosas por su utilidad, su eficiencia, su retorno. Lo que no produce, no vale. Lo que no crece, muere.
Pero hay otra opción, el permitirnos encontrar en lo pequeño, en lo lento, en lo que simplemente es y que en algún momento dejará de ser, lo mal llamado intrascendente, una conexión real, la clase de belleza que permanece oculta a nuestros ojos saturados y que tan solo emerge cuando nos detenemos. Cuando dejamos de poner nuestras expectativas en las cosas y las dejamos ser lo que son.
Un objeto que alguien hizo con sus manos. Que lleva grabado en sí el tiempo de quien lo creó. Que no pretende ser perfecto sino verdadero. Ahí, en ese gesto aparentemente menor, vive algo que hemos estado buscando en otros lugares; una presencia que no se puede descargar ni optimizar ni entregar en horas.
Recuperar esa conexión no requiere desconectarse del mundo. Requiere algo más difícil: aprender a estar en él de otra manera. A elegir con más cuidado qué entra en nuestras vidas y qué no. A dar tiempo al tiempo. A dejar que las cosas importen.
Cuando nos damos cuenta de que dejar ir no es resignación sino simplemente permitir que el palpitar del universo siga su rumbo, una claridad profunda se abre.
Ya la pregunta no es qué podemos acumular.
Es qué podemos permitirnos sentir.
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